El Lema
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Siervos Reparadores
del Corazón Eucarístico
de Jesús

Por la Instauración de todas las cosas en Cristo

De lo cual se concluye que instaurar todas las cosas en Cristo y hacer que ]os hombres vuelvan a someterse a Dios es la misma cosa. Así, pues, es ahí a donde conviene dirigir nuestros cuidados para someter al género humano al poder de Cristo: con El al frente, pronto volverá la humanidad al mismo Dios.
San Pío X, Enc. E Supremi Apostolatus
EL Lema escogido que sintetiza el fin al cual todo se ordena en la Obra es tomado de la Carta a los Efesios del Apóstol San Pablo (1, 10), donde se dice que todo ha de instaurarse en Cristo, tanto las cosas del cielo, como las de la tierra: Instaurare omnia in Christo. Queriendo nosotros asumir ese llamado en nuestras propias vidas de consagrados, nos abocamos a la formación y orientación de los fieles en general, para que cada uno desde su lugar haga reinar a Cristo. Por eso nuestro lema es: Por la Instauración de todas las cosas en Cristo.
Esta afirmación se entiende en el sentido en que todas las realidades humanas deben estar regidas por las enseñanzas de Nuestro Señor Jesucristo. Pero también en el sentido en que todo lo que cada hombre en particular haga o piense o diga u omita, todo ha de ser conforme con las enseñanzas del Maestro.
Así, tanto la vida del consagrado -que se entrega a las cosas de Dios- o la del fiel laico -que administra las cosas de aquí abajo- deben estar regidas por esas enseñanzas, procurando cada uno -desde el lugar en el cual Dios lo puso- vivir conforme a las pautas establecidas por Él para toda la creación.
Los Siervos Reparadores procuran acomodar toda su vida a las Palabras del Maestro. Diariamente obran en sí mismos para unir la propia voluntad a la Voluntad Divina, con el necesario crecimiento en el olvido de sí. Todo el sacrificio, el peso, o el dolor que supone en lo personal esa muerte mística (el olvido de sí, la suma pobreza espiritual), es uno de los modos de ofrecimiento que hace en reparación de los pecados propios y ajenos. Quien se entrega de corazón a este empobrecimiento espiritual padece como una muerte, ya que nos es relativamente fácil entregar a Dios las cosas de nuestra vida, pero no nos es fácil entregar a Dios nuestra voluntad, inclinada siempre a satisfacer los propios gustos o caprichos.
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Y aquí aparece, podríamos decir, la raíz o causa de que en la Obra exista un segundo fin a alcanzar. Ese fin es el de procurar la santificación personal de todo bautizado. Es nuestra preocupación que todo fiel avance por el camino de la virtud, que sepa cómo crecer cada día en el amor de Dios, lo cual significa unir el propio querer con el querer divino; en pocas palabras, es nuestra anhelo, al cual ordenamos también nuestras vidas, el que todo hombre crezca en la santidad a la cual está llamado, ya que Dios quiere que todos los hombres se salven, llamándonos a todos a la perfección de vida: "Sed santos, porque Yo, el Señor, soy Santo" (Lv 19, 2); "Sed perfectos, como vuestro Padre Celestial es Perfecto" (Mt 5, 48).
Pueden verse ambos fines de la Obra en el apartado "Su Espíritu" del menú "Presentación".